Caída Libre

 Tu recuerdo me llama, los sueños me alcanzan hasta en la cumbre del Everest.

Alzo la mirada al cielo y pido una explicación que solo sabe reconocer mi cerebro pero mi corazón esta ciego, cerrado a ver otra alternativa que no sea el volver a tus brazos. Mis alas se han quemado y mis brazos están agotados de intentar sostenerme del tubo que cada vez se cae un milímetro más.

Dios, dime que hice mal? ¿Por qué dejaste que cayera de la nube sin previo aviso? ¿Por qué dejaste que me estrellará sin un colchón de rescate?

Dios, luche. Como luche por no sentir nada, por apagar los sentimientos y emociones, y cuando recuerdo tu sonrisa, tu risa resonando en mi cabeza el cuerpo se me estremece.

Ruego, grito y pataleo preguntado por qué deje que llegara tan lejos.

Creí que nunca pasaría, que nunca se terminaría, que la felicidad sería eterna pero no es más que la ola que llega a la orilla de la playa, permanece unos segundos y regresa al mar dejando su cicatriz para los ojos de los espectadores.

Mi cuerpo duele, mi corazón deja de latir y como si fuera obra de Satán vuelve a dar una sístole y diástole más, como si me recordará que ahora vivo en un mundo de sombras, buscando la salida.

Me gritaste desde la terraza del edificio Burj Khalifa diciendo que me calme, que todo pasaría con el tiempo, pero no puedes pedir tranquilidad a un cuerpo lleno de emociones y sentimientos, con el temor de morir desde semejante altura. No puedes pedirle calma a una mente llena de recuerdos, a un corazón que trata de dejar de latir. Pues la metáfora se convierte en realidad, no solo las drogas en la forma en que la pongas ni las armas blancas pueden producir bradicardias y llevar a un paro.

No le puedes pedir tranquilidad al Mar Muerto que parece llevar paz a sus navegante si lo ves desde la orilla cuando en su interior se desatan tormentas cada segundo que pueden llevarte a la muerte.

Ojala pudiera encontrar el botón de apagado, ojalá pudiera reiniciar el sistema, cambiar el software y dejar de sentir. Pero Dios no me creo así.

Su voz resuena a través de mis auriculares, atravesando los elevados decibeles de la música colocada a 100 tratando de apagar las emociones, tratando de volverme sorda.

Quisiera poder no tener piel, mudar como la serpiente salvaje en el bosque oscuro e iniciar así una vida nueva, dónde el corazón no me recuerde que tú eres su dueño.

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